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Hemos dicho hasta el cansancio y no dejaremos de repetir, que la fuente de nuestras desgracias como País es su sistema electoral y la forma de hacer política derivada de él.

Nuestro convencimiento parte de una observación desapasionada y objetiva de la degradación que hemos sufrido durante las últimas siete décadas, pues el desastre de estas últimas dos no se pueden analizar obviando las fallas y errores cometidos en las precedentes.

La historia no se puede analizar como una serie de compartimientos estancos, independientes entre sí. Tanto la vida de los hombres como la de las naciones mantienen una continuidad y una conexión entre hechos y consecuencias, una relación entre el ayer, el hoy y el mañana.

Esto nos lleva a pensar que Chávez y todo lo que él significa no es causa, sino consecuencia. Ya en 1973, con la inhabilitación de un «electoralmente peligroso» Pérez Jiménez, se hizo notorio que la gente clamaba un cambio a como diera lugar. Veinte años después el sentimiento era el mismo, lo que le permitió a Rafael Caldera armar el «chiripero» y a Andrés Velásquez presentarse como candidato presidencial con posibilidades de éxito.

Acostumbrados como estaban a no prestar atención a los reclamos de la gente, adecos y copeyanos no percibieron que alguien estaba construyendo los ataúdes donde serían enterrados. En la tarde del 4 de febrero -en el Congreso Nacional- se hicieron patentes dos maneras de analizar el mismo hecho: la de Rafael Caldera, quien con innegable habilidad política dio al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios y -por el otro lado- la de David Morales Bello con su estridente «mueran los golpistas», en una evidente demostración de prepotencia y ceguera política.

Las veladas simpatías con la asonada mostradas por Rafael Caldera y de Aristóbulo Istúriz, dieron sus frutos; el primero se aposentó en Miraflores y el negrito derrotó a los adecos liderados por Claudio Fermín en las elecciones para alcalde de Caracas. Antagónicamente, Morales Bello se hunde en el olvido mientras Chávez, desde la cárcel, atemoriza a Caldera para lograr una libertad plena que le permitiría presentarse a las elecciones de 1998.

Lo demás es historia, una triste historia que debemos tener buen cuidado en no olvidar.

28/05/2020

Fuente: https://www.eligetu.org/editoriales/editorial_28_mayo_2020.html

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